VIVIENDO EN LA SANTIDAD DE DIOS

 

 

Lectura: 1 Crónicas 13:1-10

13:1 Entonces David tomó consejo con los capitanes de millares y de centenas, y con todos los jefes.
13:2 Y dijo David a toda la asamblea de Israel: Si os parece bien y si es la voluntad de Jehová nuestro Dios, enviaremos a todas partes por nuestros hermanos que han quedado en todas las tierras de Israel, y por los sacerdotes y levitas que están con ellos en sus ciudades y ejidos, para que se reúnan con nosotros;
13:3 y traigamos el arca de nuestro Dios a nosotros, porque desde el tiempo de Saúl no hemos hecho caso de ella.
13:4 Y dijo toda la asamblea que se hiciese así, porque la cosa parecía bien a todo el pueblo.
13:5 Entonces David reunió a todo Israel, desde Sihor de Egipto hasta la entrada de Hamat, para que trajesen el arca de Dios de Quiriat-jearim.
13:6 Y subió David con todo Israel a Baala de Quiriat-jearim, que está en Judá, para pasar de allí el arca de Jehová Dios, que mora entre los querubines, sobre la cual su nombre es invocado.
13:7 Y llevaron el arca de Dios de la casa de Abinadab en un carro nuevo; y Uza y Ahío guiaban el carro.
13:8 Y David y todo Israel se regocijaban delante de Dios con todas sus fuerzas, con cánticos, arpas, salterios, tamboriles, címbalos y trompetas.
13:9 Pero cuando llegaron a la era de Quidón, Uza extendió su mano al arca para sostenerla, porque los bueyes tropezaban.
13:10 Y el furor de Jehová se encendió contra Uza, y lo hirió, porque había extendido su mano al arca; y murió allí delante de Dios.

Para ponernos al día de lo que sucede, debemos retroceder al principio de la monarquía en Israel. ¿Recuerdan cuál fue el primer rey de Israel? Se llamaba Saúl. Era un hombre muy alto, pero no fue un buen rey. Abandonó los caminos del Señor.

Una de sus ideas fue llevar el arca del Señor al campo de batalla como una especie de amuleto para asegurar la victoria contra sus enemigos, los filisteos. El arca del Señor, o arca del pacto, era una caja de madera forrada con oro que contenía las tablas de la ley, el maná, y la vara de Aarón que había brotado. Este objeto era lo más sagrado dentro del sistema de adoración del Antiguo Testamento, porque representaba la presencia de Dios. Dentro del tabernáculo, y luego el templo, Dios moraba sobre el arca.

Las naciones vecinas solían llevar sus ídolos al campo de batalla para traerles victoria. Así que, para el rey Saúl, fue una idea natural llevar también el arca del pacto con el mismo propósito. Pero Dios no puede ser usado de esa manera. Dios no es manejable. El permitió que perdieran la batalla, y que los filisteos capturaran el arca. Sucedieron varias cosas increibles mientras el arca estaba en manos de los filisteos, pero vamos a adelantarnos al momento, quizás unos sesenta años más tarde, en que se decidió regresar el arca a Jerusalén, la ciudad donde debía permanecer. Ya no reina Saúl; ha sido rechazado en favor de David, el escogido de Dios.

Según las reglas que Dios les había dado por Moisés, cientos de años antes, nadie debía tocar el arca. Tampoco debía de ser llevada sobre una carreta; los levitas eran los portadores autorizados, y aun ellos debían usar palos para no tocar el arca. Lo que se hacía, entonces, estaba en total desacuerdo con las instrucciones que Dios mismo había dado a su pueblo. Fíjense que se estaba haciendo con mucha voluntad; el rey David deseaba honrar a Dios, se estaba festejando el retorno del arca, y había mucho entusiasmo y mucha sinceridad.

Pero la sinceridad no fue suficiente. Llegó un momento en que los bueyes tropezaron, y la carreta tambaleó. Uza, quien iba guiando los bueyes, puso la mano sobre el arca para sostenerla - y murió al instante.

¿Te parece extrema la reacción de Dios a lo que hizo Uza? El sólo pretendía ayudar. Sólo quería prevenir que se cayera el arca. Actuó con toda voluntad. Pero el arca, el lugar de morada de Dios, era santo. Y Uza no lo era.

Sólo podemos entender lo que sucedió si nos damos cuenta de la santidad de Dios. Dentro del sistema del Antiguo Testamento, había toda una serie de reglamentos para mantener la santidad. Estos reglamentos no eran caprichosos. Dios no los dio a su pueblo por error, ni fueron simplemente inventos de los hombres. La historia que hemos leído es un ejemplo de esta distinción, que tenía que mantenerse firme en la mente del israelita: Dios es santo, y por lo tanto, había que acercarse a él de la manera debida.

No cualquiera podía estar en la presencia de Dios. No cualquiera podía ofrecer los sacrificios, y no cualquiera podía tocar el arca del pacto. Había que mantener la santidad, la separación, la división entre un Dios santo, puro y perfecto, y un pueblo que no lo era. De aquí podemos sacar una conclusión muy importante:

I. Nuestro Dios santo exige que su pueblo se acerque a él de la manera que él dispone

Uza no observo las normas que Dios había dictado para preservar su santidad. Tuvo la osadía de pensar que él, en su estado de humano pecador, podía tocar el arca que simbolizaba la presencia de Dios. Dios demostró a todos los presentes que con El no se juega.

Surge entonces la pregunta: ¿cómo puedo yo, un hombre como Uza, pecador, relacionarme con un Dios santo? Quizás la respuesta que dan algunos es de alejarse. Tratan a Dios como si fuera algún animal salvaje, mejor visto de una larga distancia. Pero hay una respuesta mejor. Dios ha creado una manera en que nos podemos acercar a él. En el Antiguo Testamento, era a través de un complicado sistema de sacrificios y ritos. Pero para nosotros, hay otra manera en que, como seres humanos, podemos acercarnos al Dios santo y perfecto.

La respuesta se haya en Hechos 26:17-18:

26:17 librándote de tu pueblo, y de los gentiles, a quienes ahora te envío,
26:18 para que abras sus ojos, para que se conviertan de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás a Dios; para que reciban, por la fe que es en mí, perdón de pecados y herencia entre los santificados.

En este versículo, parte de la defensa del apóstol Pablo ante el rey Agripa, está el secreto. Está en la última palabra: santificados. En otras palabras, mediante la fe en Jesucristo, nosotros llegamos a ser santos. Somos hechos santos, para poder estar en comunión con un Dios santo. Esta santidad se refiere a nuestra posición. Es una santidad que Dios nos da, no es algo que nosotros podamos ganar. Sólo la podemos recibir.

En algunos locales pùblicos, se exige vestimenta apropiada. Los hombres deben ir con corbata y saco. A veces, estos locales tienen a la mano algunas prendas extras, en caso de que algún cliente llegue mal vestido. De esta manera, la gerencia del local,  provee lo necesario para que el cliente cumpla con sus reglas.

Lo que Dios ha hecho por nosotros en Cristo es algo similar. Para llegar al cielo, y para vivir en la tierra en comunión con Dios, la santidad es necesaria. Desgraciadamente, ningún ser humano cumple con todos los requisitos. Por eso, Dios nos ha provisto la manera de entrar. Por fe, podemos vestirnos con la santidad de Cristo. Esta es la manera que Dios ha dispuesto para que nos acerquemos a él. Si buscamos alguna otra manera, nuestro destino será el mismo que sufrió Uza. Dios no acoge al que desprecia sus normas. Por medio de la fe en Cristo, podemos acercarnos a nuestro Dios santo.

No importa qué tan sincero seas,ni cuanta voluntad propia dispongas, ni que cosas haces;  si no tienes a Cristo, entonces no estás listo para acercarte a un Dios santo. Sólo puedes estar preparado si te vistes con la santidad de Jesucristo, que viene a través de la fe. Esta es la santidad posicional.

II. Nuestro Dios santo exige que su Iglesia dè testimonio de su santidad

Leamos 1 Tesalonicenses 4:1-3 para ver esto:

4:1 Por lo demás, hermanos, os rogamos y exhortamos en el Señor Jesús, que de la manera que aprendisteis de nosotros cómo os conviene conduciros y agradar a Dios, así abundéis más y más.
4:2 Porque ya sabéis qué instrucciones os dimos por el Señor Jesús;
4:3 pues la voluntad de Dios es vuestra santificación; que os apartéis de fornicación;

Es claro que el apóstol aquí escribe a creyentes, pues los llama hermanos. Estas personas, entonces, ya han sido santificadas posicionalmente. Ante los ojos de Dios, ya son santos por su fe en Cristo. Ya tienen el derecho del acceso a la presencia del Dios santo. Pero parece que hay otra santificación que les hace falta. Esta es la segunda clase de santificación, la santificación personal. Si hemos sido separados para Dios por medio de Jesucristo, entonces nuestras vidas deben reflejar esa realidad.

La voluntad de Dios para nosotros no es que nos revistamos por fe de Cristo, viviendo una vida indistinguible de la del mundo. Su voluntad para nosotros es que seamos distintos. La santidad que llega a ser nuestra posición por fe en Cristo también deberá definir nuestra conducta en el mundo. El ejemplo particular que se menciona en el versículo 3 es la conducta sexual. En un mundo en que la pornografía, la prostitución, y el sexo antes y fuera del matrimonio son casi normales, el cristiano ha de ser un modelo de pureza y de santidad, marcando una diferencia abismal al respecto.

Pero la santidad de vida que Dios desea se extiende mucho más allá del ámbito sexual. Toda la vida del creyente deberá mostrar la santidad que Dios desea. Las mentiras, los chismes, el enojo - todas son cosas que no tienen cabida en la vida de un creyente santificado.

Es un tremendo privilegio ser parte del pueblo de Dios. Y esa santidad se tiene que reflejar en la vida diaria. La cosa más triste sucede cuando el mundo observa la vida de los que se consideran cristianos, y se dà cuenta que no hay ninguna diferencia entre los cristianos y ellos y deciden no participar de la supuesta fe que ellos profesan. El famoso líder de India, Mahatma Gandhi, dijo en alguna ocasión, "Me atrae mucho tu Cristo. Lo que no soporto son tus cristianos." Cuando vivimos como el mundo que nos rodea, deshonramos el nombre del santo Dios que nos compró con la sangre sagrada de su único Hijo.

¿Qué quiere decir la palabra santo? La tapa de las Santas Escrituras dice Santa Biblia. Israel se llama la tierra santa, y Jerusalén es la ciudad santa. ¿Por qué? La razón es que todas pertenecen a Dios. Todas son propiedad de Dios; ésta es la razón que son santas.

Si tú eres creyente, eres santo porque perteneces a Dios. Has sido revestido con la santidad de Cristo. Eso no depende de ti; no depende de tus esfuerzos, de tus intentos, de lo que tú hagas. Depende solamente de Cristo, de lo que él hizo por ti, y del hecho que lo hayas aceptado con fe.

Pero déjame hacerte la pregunta: ¿estás viviendo como santo? ¿Cuando la gente observa tu vida, dicen, Ese es un seguidor de Jesucristo? ¿O te pareces a todos los demás?

Si queremos escribir un libro, es necesario tener papel y lápiz. Para poner una vereda, se requiere de cemento y agua. Hace falta la materia prima para realizar el proyecto.

 Si queremos ser hijos de un Dios que es santo, entonces nosotros también tenemos que ser santos. Dios mismo lo dijo: Sean santos, porque yo soy santo (1 Pedro 1:16).

Existe, sin embargo, un problema. Nosotros no tenemos la materia prima para alcanzar la santidad. En otras palabras, no tenemos el potencial natural. Un huevo de gallina, si se incuba, tiene el potencial de ser un pollo. No tiene el potencial de ser un avestruz. Su material genético no lo permite.

De igual modo, como seres humanos, nuestro potencial está limitado, por decirlo así, por los genes espirituales que hemos heredado. Son genes de pecador. En nuestro estado natural, somos incapaces de alcanzar la santidad que es necesaria para estar en relación con Dios y tener vida.

Lo que esto significa es que no importa cuán buenas sean nuestras intenciones, cuán grandes nuestros esfuerzos, o cuán profundo nuestro deseo, no podremos alcanzar la santidad en nuestro estado natural.

¿Cómo, entonces, podemos experimentar una transformación genética espiritual? No se podrá lograr en ningún laboratorio. No importa cuáles avances se logren en la biotecnología, cuántas clonaciones o manipulaciones genéticas se hagan, el espíritu humano está fuera del alcance de los científicos. La ciencia nunca logrará la santidad.

Hay uno que sí puede hacer esa transformación en nosotros. Quizás, al aprender acerca de la importancia de la santidad, te has estado tratando de santificar. Y quizás, en el proceso, te has encontrado frustrado por tu inhabilidad de perfeccionarte, sin embargo hay una salida, una provisiòn de parte de Dios, en su palabra nos enseña que la santidad también es algo que Dios nos da.

Lectura: Romanos 8:1-11

8:1 Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:2 Porque la ley del Espíritu de vida en Cristo Jesús me ha librado de la ley del pecado y de la muerte.
8:3 Porque lo que era imposible para la ley, por cuanto era débil por la carne, Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne;
8:4 para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu.
8:5 Porque los que son de la carne piensan en las cosas de la carne; pero los que son del Espíritu, en las cosas del Espíritu.
8:6 Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz.
8:7 Por cuanto los designios de la carne son enemistad contra Dios; porque no se sujetan a la ley de Dios, ni tampoco pueden;
8:8 y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios.
8:9 Mas vosotros no vivís según la carne, sino según el Espíritu, si es que el Espíritu de Dios mora en vosotros. Y si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, no es de él.
8:10 Pero si Cristo está en vosotros, el cuerpo en verdad está muerto a causa del pecado, mas el espíritu vive a causa de la justicia.
8:11 Y si el Espíritu de aquel que levantó de los muertos a Jesús mora en vosotros, el que levantó de los muertos a Cristo Jesús vivificará también vuestros cuerpos mortales por su Espíritu que mora en vosotros.

Podríamos decir que la construcción de una casa tiene dos elementos. En primer lugar, se pone el fundamento, la base para la casa. En segundo lugar, se alzan las paredes, se pone el techo, y se hacen los demás arreglos.

Sería ridículo construir un gallinero sobre el fundamento o base de un edificio. Dios ya ha puesto tal fundamento  para nuestra vida, y él ahora quiere construir tu vida y la mía sobre ella. El no quiere construir un gallinero; él quiere que sea unedificio, impresionante y útil, para su gloria.

Para entender cómo es que funciona esto, entonces, vamos a hablar primero de ese fundamento, de esa base que Dios ha puesto, para ver entonces cómo es que se hace la construcción sobre ese fundamento

Sin fundamento, sin base, cualquier edificio que se construya pronto se caerá. De igual modo, nuestras vidas se desintegrarán si no están bien fundadas. Ese fundamento está en lo que Cristo hizo. Al tomar un cuerpo como el nuestro, y vivir sin pecado en ese cuerpo, Jesús pudo vencer el poder del pecado en su muerte. Ahora, todo el que está unido a él por fe participa de esa victoria.

Cuando Jesús murió por nosotros, él tomó sobre sí toda nuestra maldad. Es como si fuera un imán, que se atrajera a sí mismo toda la contaminación, toda la impureza, todo lo malo de nosotros. De este modo, quedamos libres de ese pecado. Así, entonces, Dios destruyó el poder del pecado en nosotros. Antes de la venida de Cristo, sólo teníamos la ley. Dios nos dijo qué debíamos de hacer, pero nos encontrábamos incapaces de hacerlo. El pecado se valió de la ley para crear más desobediencia.

Ahora, con la venida de Cristo, el poder del pecado ha sido quebrado. Ese amo duro que nos tenía bajo su poder ha sido derrotado. Cristo entró en la prisión de nuestra humanidad para cortar los lazos que nos tenían aprisionados y llevarnos a la libertad. Eso significa, como dice el verso uno, que ya no estamos sentenciados a vivir bajo el poder del pecado. Cuando dice que ya no hay condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, no simplemente está hablando de la condenación a la muerte. Eso ya se había establecido.

Más bien, se nos está diciendo que ya no estamos bajo la sentencia de vivir en el pecado. Jesús nos ha librado de la cadena perpetua de violar las leyes de Dios, estar alejados de él, sentir la falta de esperanza y de paz, y desconocer la verdad. Ya no estamos condenados a vivir en pecado, en desobediencia, en perdición.

En otras palabras, Jesús no simplemente murió para comprarnos un boleto al cielo. El murió para librarnos de la presencia abrumadora del pecado en nuestras vidas presentes. El murió para que fuéramos librados para servir a Dios en santidad, en vez de vivir sin propósito.

Nuestra situación es como la de un grupo de rehenes, obligados a punta de pistola a seguir los deseos de nuestro secuestrador, el pecado. Cristo vino y se añadió al grupo de rehenes, para luego quitarle la pistola al secuestrador. Ya no estamos bajo la obligación de obedecerlo. Ya estamos libres para vivir en vez de morir. Ahora la decisión está en nosotros. Si seguimos secuestrados por el pecado, es sólo porque hemos preferido el pecado a la salvación. Si estamos lejos de Dios, no es por necesidad; es porque no hemos querido valernos del acercamiento que él nos ofrece.

Jesús ya derrotó el poder del pecado al vestirse de carne humana. Esta es la base para nuestra vida de santidad. Este es el fundamento para la construcción de una vida que lleva hacia Dios, en vez de ir a la condenación.

Sin embargo, no llegaremos a conocer las bendiciones que Dios tiene para nosotros si nos quedamos con solo la base,el fundamento. Existen dueños de terrenos que empiezan a construir antes de tener los fondos  necesarios para terminar la casa. Ponen el fundamento, la base y poco a poco levantan las paredes. El proceso puede durar años. Durante ese tiempo, es común permitir que alguna familia necesitada viva como guardianes en el terreno. En algunas ocasiones construyen sus chozas de esteras sobre el fundamento hecha para un edificio mucho más imponente.

Esa choza construida sobre un buen fundamento  es la imagen del creyente que tiene la salvación, pero no está viviendo la plenitud de lo que Cristo murió por traerle.

Cuando hablamos del Espíritu Santo, muchas veces sentimos que estamos entrando en aguas muy profundas. El Espíritu Santo es algo inexplicable para nosotros. Y así tiene que ser; él es Dios, y Dios es alguien que no podemos explicar. Jesús comparó la acción del Espíritu con el soplar del viento; sus efectos son palpables, pero su causa no.

No podemos explicar al Espíritu Santo, pero sí podemos considerar la manera en que él obra en nosotros. No sólo podemos hacerlo, sino que tenemos que entenderlo para que podamos experimentar la plenitud de su presencia.

En nuestra salvación, el Padre es el miembro de la Trinidad que planeó nuestra redención; el Hijo es el que la ganó; y el Espíritu Santo es el que la hace real en nuestras vidas. En otras palabras, el Espíritu Santo es la presencia de Dios en nuestras vidas para que podamos vivir todo lo que Dios quiere para nosotros.

En nuestro estado natural, tenemos cierta mentalidad. Esta mentalidad se describe en la primera parte del versículo 5. Tal mentalidad se enfoca en los deseos humanos. Considera la satisfacción de esos deseos como el fin de la existencia humana. Busca comer, beber, y divertirse. Esta mentalidad lleva directamente a la muerte.

La mentalidad que trae el Espíritu Santo, en cambio, se enfoca en las cosas de Dios. Se refleja en la oración modelo: Venga tu reino, hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en la tierra. Esta mentalidad nos lleva a la vida. En otras palabras, nos conviene. El diablo quiere convencernos de que lo que nos conviene es tratar de satisfacer nuestros propios deseos. Jesús nos enseñó que la realidad es lo contrario: quien quiera salvar su vida, dice el Señor, la perderá.

Si nos dejamos llevar por la carne, somos enemigos de Dios. Esto nos dice el versículo7. Mientras tanto, la persona que se deja llevar por el Espíritu agrada a Dios, y vive en paz. La decisión ahora es nuestra. ¿Nos rendiremos al Espíritu, o seguiremos viviendo en la carne?

Si somos creyentes, el Espíritu mora en nosotros. No tenemos que esperar que él venga, o dudar de su presencia. Si de corazón hemos creído en Jesucristo, entonces en ese momento recibimos al Espíritu Santo. Pero nadie nos obliga a obedecerlo. El pecado nos obligaba; Dios sólo nos invita.

El nos invita a recibir su salvación, y nos invita a obedecer la voz de su Espíritu Santo. Ese Espíritu Santo nos trae vida. Nos dicen los versos 11 y 12 que el Espíritu Santo es el que da vida a nuestro espíritu, y también dará vida a nuestro cuerpo en el día de resurrección.

Lo que nosotros somos incapaces de hacer, transformar nuestro corazón y nuestra mente, el Espíritu Santo lo hace cuando nos rendimos a su poder y su presencia en nuestra vida.

El poder del Espíritu Santo es el único modo de experimentar la santidad. Déjame darte tres pasos para experimentar su poder en tu vida.

En primer lugar, arrepiéntete de todo pecado conocido. El Espíritu Santo no podrá obrar en tu vida si albergas desobediencia en tu corazón. El pecado que no confiesas es como un muro que detiene el fluir del poder de Dios en tu vida. Examínate para ver si tienes algún pecado sin confesar.

En segundo lugar, confía en la presencia del Espíritu en tu vida. Invítale a tomar control de ti. Cuando te despiertes, dile a Dios en oración que estás dispuesto a seguir la voz de su Espíritu en ese día.

En tercer lugar, pon atención a la voz del Espíritu. Cuando te preparas para oír su voz, él te hablará. Quizás te dará una sensación fuerte de que debes de hacer algo. Quizás oirás su voz en el consejo de un hermano. O quizás te abrirá los ojos a un pasaje bíblico que se dirige a tu situación. Si no esperas que él te hable, entonces cuando lo hace, es probable que no lo reconozcas. Pon atención a su voz.

Si eres creyente, el Espíritu Santo está en ti. El te da ese potencial que no tienes en tus propias fuerzas. Ahora a ti te toca dejar que su poder fluya en ti para la transformación. La presencia del Espíritu Santo en tu vida te puede traer esa transformación total que tú sólo jamás podrías alcanzar.